Feliz vegetarianiversario!
Si señores, así como se lee. Se cumple ya un año de vegetarianismo. Oficialmente se cumplió hace ya unas cuantas semanas, para ser más precisos el 31 de octubre.
Muchos todavía no se lo creen, y la pregunta constante es ¿por qué? así que aquí va mi explicación resumida en 6 palabras: porque nunca me gustó la carne.
Si, lo reconozco, comía carne y jamón y perritos calientes y todas esas cosas que alguna vez estuvieron vivas, pero el sabor de la carne no me terminaba de convencer. Si a esto le sumamos que una vez (hace ya bastante tiempo) tuve a bien dar un médico, digamos "poco convencional" que seguramente tenía acciones en Fedegan, me puso una dieta algo salvaje que consistía en comer única y exclusivamente proteína de origen animal cada 3 horas. Así que andaba yo, al mejor estilo cavernícola, empacando carne, jamones y quesos amarillos todo el @#$%& día. Aguanté sólo 1 mes y le cogí bastante fastidio al asunto.
Después de eso comía preferiblemente pollo. Porque en mi casa siempre se come pollo. Las carnes rojas no son santo de la devoción de mi mami. El pescado nunca me gustó y el marisco me producía alergias en la piel bastante desagradables, además que el olor simplemente es insoportable.
Cuando vine a vivir a tierras ancestrales (léase: de mis abuelos) fuí a parar a una residencia estudiantil donde todas las noches, sin excepción alguna, la cena se basaba en algo de verdura y carne o pescado con papas fritas. Entre una cosa y la otra empecé a comer solo la verdura y las papas adquiriendo así unos cuantos kilitos extras.
Decidí que tenía que alimentarme mejor. Además me sentía con pesadez todo el día y la única forma de que en la residencia me dieran una comida balanceada era cambiando mis hábitos y volviéndome vegetariana. De esta forma la carne me la cambiaban por tortillas, pasta o salteados de verduras.
Me empecé a sentir más liviana, tenía más energía y por primera vez en la vida logré pasar 1 año sin enfermarme. Mi amigdalitis anual no asomó en julio y la gripa no me afectó en invierno. Además, mi pobre estómago hipersensible (ya saben que me inflo con cualquier cosa) lo agradeció enormemente.
Descubrí la leche y los yogures de soya, el falafel, el tofu, las hamburguesas vegetales y la cantidad de cosas que se pueden preparar con verduritas. El cambio me gustó y me sigue gustando mucho.
Casualmente conocí también unas cuantas personas vegetarianas y veganas que me enseñaron, no sólo receticas super deliciosas, sino también la parte negativa de tener una dieta basada en proteínas animales.
La carne no es imprescindible, como se piensa. Hace un mes me hicieron exámenes de laboratorio, me midieron los niveles de colesterol, hierro, minerales, glóbulos rojos y blancos, glucosa y demás sustancias internas y todo salió perfecto. El secreto está en saber comer y disfrutarlo.
Y soy feliz. Con un calabacín, unos champiñones y un poco de pasta-arroz-cus cus-seitan se pueden preparar platos increíbles.
Un año de vegetarianismo... ¡y contando!
Muchos todavía no se lo creen, y la pregunta constante es ¿por qué? así que aquí va mi explicación resumida en 6 palabras: porque nunca me gustó la carne.
Si, lo reconozco, comía carne y jamón y perritos calientes y todas esas cosas que alguna vez estuvieron vivas, pero el sabor de la carne no me terminaba de convencer. Si a esto le sumamos que una vez (hace ya bastante tiempo) tuve a bien dar un médico, digamos "poco convencional" que seguramente tenía acciones en Fedegan, me puso una dieta algo salvaje que consistía en comer única y exclusivamente proteína de origen animal cada 3 horas. Así que andaba yo, al mejor estilo cavernícola, empacando carne, jamones y quesos amarillos todo el @#$%& día. Aguanté sólo 1 mes y le cogí bastante fastidio al asunto.
Después de eso comía preferiblemente pollo. Porque en mi casa siempre se come pollo. Las carnes rojas no son santo de la devoción de mi mami. El pescado nunca me gustó y el marisco me producía alergias en la piel bastante desagradables, además que el olor simplemente es insoportable.
Cuando vine a vivir a tierras ancestrales (léase: de mis abuelos) fuí a parar a una residencia estudiantil donde todas las noches, sin excepción alguna, la cena se basaba en algo de verdura y carne o pescado con papas fritas. Entre una cosa y la otra empecé a comer solo la verdura y las papas adquiriendo así unos cuantos kilitos extras.
Decidí que tenía que alimentarme mejor. Además me sentía con pesadez todo el día y la única forma de que en la residencia me dieran una comida balanceada era cambiando mis hábitos y volviéndome vegetariana. De esta forma la carne me la cambiaban por tortillas, pasta o salteados de verduras.
Me empecé a sentir más liviana, tenía más energía y por primera vez en la vida logré pasar 1 año sin enfermarme. Mi amigdalitis anual no asomó en julio y la gripa no me afectó en invierno. Además, mi pobre estómago hipersensible (ya saben que me inflo con cualquier cosa) lo agradeció enormemente.
Descubrí la leche y los yogures de soya, el falafel, el tofu, las hamburguesas vegetales y la cantidad de cosas que se pueden preparar con verduritas. El cambio me gustó y me sigue gustando mucho.
Casualmente conocí también unas cuantas personas vegetarianas y veganas que me enseñaron, no sólo receticas super deliciosas, sino también la parte negativa de tener una dieta basada en proteínas animales.
La carne no es imprescindible, como se piensa. Hace un mes me hicieron exámenes de laboratorio, me midieron los niveles de colesterol, hierro, minerales, glóbulos rojos y blancos, glucosa y demás sustancias internas y todo salió perfecto. El secreto está en saber comer y disfrutarlo.
Y soy feliz. Con un calabacín, unos champiñones y un poco de pasta-arroz-cus cus-seitan se pueden preparar platos increíbles.
Un año de vegetarianismo... ¡y contando!



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